22 diciembre 2007

¿QUÉ PASARÍA SI DIOS NO EXISTIERA?

Hace unos años, no muchos, un alto político español manifestaba a la prensa su entusiasmo por una pintada que había visto en un muro, que rezaba así: «Si Dios existe, ése es su problema»; y rizando el rizo, apostilló el genio: «existirá o no, a mí que no me maree...» ¿Qué más da si Dios existe o no? ¿Qué tiene que ver conmigo? «Paso» de Dios. Quizá no esté de más en estos momentos afrontar con seriedad la cuestión desde un punto de vista puramente intelectual, aún dentro de los límites de un breve artículo.

¿Es lógico pensar que el problema de la existencia de Dios le incumba sólo a Él, si acaso existe? ¿Es razonable actuar -y concretamente gobernar- como si Dios no existiese? Desde luego, cabe estudiar si de veras es o no indiferente la consciencia de la existencia de Dios para la vida de las personas singulares y de la sociedad entera. ¿Tiene consecuencias prácticas, relevantes y notorias la respuesta -o el silencio- a la cuestión de la existencia de Dios? ¿Da lo mismo, desde el punto de vista práctico que Dios exista o no?

Jean Paul Sartre - existencialista ateo - afirmó que «aun en el caso de que Dios existiera, seguiría todo igual», aunque confesaba sin reparos que su conclusión procedía de premisas ya ateas, tanto como decir condicionadas por una previa actitud dogmática. Por el contrario, archisabido es que Dostoiewski hizo exclamar a uno de sus célebres personajes: «si Dios no existiese, todo estaría permitido». En ese «todo» se incluiría -¿por qué no?- el terrorismo, el infanticidio (aborto voluntario), el geronticidio eutanásico (matar ancianos, aunque por el sistema más dulce posible), etcétera.

Es cierto que hay ateos y agnósticos incapaces de matar a una mosca, que se esfuerzan por encontrar y presentar algún fundamento a una supuesta ética atea, o «civil», que pudiera ser aceptada por un amplio consenso. Es obvio que no se puede vivir ni convivir sin unas normas que inspiren y conformen la conducta con un mínimo de racionalidad. Es de sospechar sin embargo que tal fundamento siga sin aparecer y la ética «a-tea» (o «a-religiosa» o «civil», como quiera llamarse) siga sin resultados convincentes. «En efecto - reconoció Sartre -, todo está permitido si Dios no existe, y por consiguiente el hombre se encuentra abandonado porque no encuentra en él ni fuera de él, dónde aferrarse». ¿No se columbra una enorme sima entre el supuesto mundo encapsulado en sí mismo - sin trascendencia, sin autor, a su aire, rodando con suerte incierta -, y el mundo creado y cuidado sabia y amorosamente por la Providencia divina?

Es claro que si Dios no existiese y, por hipótesis que considero absurda, existiéramos nosotros, no habría nada con valor absoluto y el bien y el mal no serían más que palabras huecas. ¿No plantea esto ningún problema a la inteligencia? ¿«Da igual» que haya o no haya bien ni mal moral?

¿El hombre, una pasión inútil?

«Puesto que yo he eliminado a Dios Padre -explica Sartre-, alguien ha de haber que fije los valores. Pero al ser nosotros quienes fijamos los valores, esto quiere decir llanamente que la vida no tiene sentido a priori». En rigor, añade el existencialista ateo, para el ateísmo «no tiene sentido que hayamos nacido, ni tiene sentido que hayamos de morir. Que uno se embriague o que llegue a acaudillar pueblos, viene a ser lo mismo; el hombre es una pasión inútil», el niño «un ser vomitado al mundo», «la libertad es una condena» y «el infierno son los otros». Estas son conclusiones del ateísmo de Sartre, y lo que suelen sentir los que parten de sus mismas premisas, cuando piensan un poco.

En otro contexto -más triste, quizá, por más entrañable-, el anciano Severo Ochoa (premio Nobel de Medicina) con un estilo bien diferente, afirmaba en el fondo lo mismo: «el amor y el odio son pura química». ¿Es posible que el conocido amor del propio profesor Ochoa a su difunta esposa, tierno aún después de largos años, fuera pura química? ¿Y su dedicación a la ciencia, a la enseñanza, su respetuoso trato con las personas...; todo eso, y mucho más de bueno que de él podía decirse, era también pura química? ¡Qué química más misteriosa, la que conoció el doctor Ochoa! Algún supremo enigma ha de encerrar la «pura química» para que, en forma de premio Nobel, pueda decir de sí misma: ¡soy pura química! ¿No es de maravillar que a la química en forma de simio le hayamos salido unos chicos tan cavilosos y espabilados? Pero la cuestión que ahora nos ocupa es esta: ¿«da igual», «da lo mismo» que exista o que no exista Dios? Si somos pura química, la suerte del hombre es, como la del universo, la «muerte térmica», energía procedente de la energía cósmica que no se pierde pero se degrada sin remedio, hacia el panteón de estrellas muertas, a menos 270 grados de temperatura. La pura química equivale en la práctica a pura nada.


La ética se reduciría a la ley del más fuerte

Albert Camus, agnóstico como Ochoa, no ateo como Sartre, buscador incesante, mediado el siglo XX, escribía en un artículo titulado La crisis del hombre, que causó gran impacto: «Si no se cree en nada, si nada tiene sentido y si en ninguna parte se puede descubrir valor alguno, entonces todo está permitido y nada tiene importancia. Entonces no hay nada bueno ni malo, y Hitler no tenía razón ni sinrazón. Lo mismo da arrastrar al horno crematorio a millones de inocentes que consagrarse al cuidado de enfermos. A los muertos se les puede hacer honores o se les puede tratar como basura. Todo tiene entonces el mismo valor... Si nada es verdadero o falso, nada bueno o malo, si el único valor es la habilidad, sólo puede adoptarse una norma: la de llegar a ser el más hábil, es decir, el más fuerte. En este caso, ya no se divide el mundo en justos e injustos, sino en señores y esclavos. El que domina tiene razón». Es la ley de la selva. El héroe que brota de esas premisas es Sísifo, el hombre que se mofa de los dioses, menosprecia su propio destino y mira estúpidamente cómo una y otra vez se le cae el peñasco que había empujado hasta una cima, para tornar a subirlo, sin saber por qué, sin lograr nunca un atisbo de sentido a su vivir. Camus reconocía honradamente que una filosofía semejante era impracticable, ni siquiera se podía imaginar. Se daba cuenta de que sin duda unas conductas valen más que otras. "Busco el razonamiento que me permitirá justificarlas", declaraba en 1946, a un periodista de Le Litteraire. Pero murió sin hallarlo por ese camino. Hoy sabemos que estuvo a punto de abrazar el cristianismo y ser bautizado.

La «muerte de Dios»

Cierto día, en Alemania, apareció en la prensa una esquela: «Dios ha muerto. Firmado: Nietzsche». Al día siguiente en el mismo periódico, apareció esta otra: «Nietzsche ha muerto. Firmado: Dios». ¿Sarcasmo excesivo? Quizá. Ahora bien, es preciso reconocer que la pretensión de haber matado a Dios no es humo de pajas. Nadie mejor que Nietzsche sabía las consecuencias de la supuesta muerte de Dios, que consideraba verdadera e irreversible: «¿Adónde se ha ido Dios? Nosotros le hemos matado. Todos nosotros somos sus asesinos... ¿Cómo hemos sido capaces de beber el mar entero? ¿Quién nos ha dado la esponja con que hemos podido borrar todo el horizonte? ¿Qué hemos hecho cuando desprendimos la Tierra del Sol? ¿Hacia dónde se mueve ahora? ¿Hacia dónde nos movemos nosotros, ¿Nos estamos alejando de todos los soles? ¿Es que nos estamos cayendo, incesantemente? ¿Hacia detrás y hacia todos los lados? ¿Hay además un arriba y un abajo? ¿No vagamos perdidos en la infinitud de la nada? ¿No sentimos en nuestro rostro el vaho del espacio vacío? ¿No sentimos que va aumentando el frío? ¿No se va acercando la noche, continuamente, una noche cada vez más densa?..."

Pero enseguida presenta su plan de "reconversión". Se trata de colocarse en su lugar, de alcanzar el "superhombre", capaz de superar con su "voluntad de poder" la profunda aniquilación del hombre derivada de la "muerte" de Dios, enfrentarse con el vacío inmenso de la nada y, sin temor alguno, crear nuevos valores, más allá del bien y del mal. «¡Dios ha muerto! ¡Y somos nosotros los que le hemos matado!... ¿No son demasiado grandes para nosotros las proporciones de esta acción? ¿No deberemos convertirnos en dioses para hacernos dignos de ella? Nunca hubo acción alguna más grande y todos los que nazcan después de nosotros pertenecerán a una época histórica superior a todas las que ha habido hasta ahora, gracias a esta acción... Este terrible acontecimiento está todavía en camino y marcha hacia adelante» (Die Fröhliche Wissenschaft, número 125).

Ahora bien, la historia demuestra que no ha sido Dios el muerto, sino Nietzsche. Sin Dios no hay Absoluto. Todo es relativo. Bien y mal son palabras vacías. «Haz el mal, verás como te sientes libre», dice uno de los héroes de "Le Diable et le bon Dieu", de J. P Sartre. Éste se propuso la aventura de "inventar valores", puesto que el principio absoluto de su discurso es la dogmática negación de Dios con el fin de afirmar una libertad humana absoluta.

La muerte de Dios es la muerte del hombre. Sólo habría valores inventados, sin realidad, sin eficacia. Entre los valores inventados y los valores reales habría la misma diferencia que entre una piedra pensada y una piedra real. Con una piedra real se puede construir un enorme edificio; con una piedra pensada nada puede romperse, ni edificarse en la realidad. Es el absurdo, lo impensable, lo que no puede ser en absoluto.


II. CUANDO SE RECONOCE QUE DIOS EXISTE

En cambio, quien reconoce la existencia de Dios Padre Todopoderoso, por mal que se le den las cosas, siempre tendrá la posibilidad de "venirse arriba", fortaleciendo su corazón incluso con el amor a los que se consideren sus enemigos - entiende que también ellos son hijos de Dios -, y podrá vivir una alegría íntima que nada ni nadie, pase lo que pase, podrán arrebatar.

¿Habría terrorismo si los terroristas creyeran en Dios y practicasen la religión? Seguramente seguiría habiendo robos y crímenes, pero ¿todo seguiría igual? ¿Habría la misma corrupción en la vida pública, en la familiar y en la personal, si todos creyéramos en Dios, si fuésemos formados desde pequeños, por ejemplo, en las verdades del Catecismo de la Doctrina Cristiana?

Es cierto que no siempre los creyentes damos ejemplos sublimes de virtud. Pero también hay médicos "matasanos", y no por eso descalificamos a los médicos en general, ni declaramos que la Medicina es una ciencia inútil o perversa, ni se nos ocurre ser neutrales en la cuestión de si es necesario o no que en las universidades se estudie Medicina lo mejor posible.


III. ¿ES POSIBLE SER NEUTRAL?

Se podría ser neutral, por ejemplo, en la cuestión sobre la necesidad de la educación religiosa, si estuviese probado que «da igual»; que no es una necesidad para el bien de la persona y para el bien común de la sociedad. Pero es obvio que ni la persona ni la sociedad son lo mismo cuando se sabe que Dios existe que cuando se ignora. Por tanto, no da igual, no da lo mismo. La neutralidad es imposible: sencillamente, porque no "da igual"; no es lo mismo «Dios» que «cero»; no da lo mismo ser «hijos de Dios» que ser «hijos del mono». Uno puede preferir el terrorismo al respeto, pero lo que no puede ser es "neutral" en esa cuestión. Cosa semejante, no igual, pero parecida, sucede con el aborto, con la eutanasia, con el divorcio y con el reconocimiento de la existencia de Dios. Uno puede creer en unos términos o en otros, pero es evidente que no puede ser neutral, porque de ninguna manera "da igual", ni para el individuo ni para la sociedad. Es más, se trata de una cuestión de vida o muerte.

La experiencia enseña que los niños que crecen sin saber que hay un Dios Padre Todopoderoso, son generalmente niños problema, más proclives al egoísmo, más concentrados en sí mismos, taciturnos o frívolos. ¿Cómo no recordar el enorme consuelo que significó para Hellen Keller, la famosa alumna de Ana Sullivan, ciega, sorda y muda, la noticia de la existencia de Dios Padre? Antes vivía como un animalito. Cuando pudo comprender que su situación era también fruto de un amor infinito, misterioso pero real, su conducta cambió radicalmente y enriqueció el bien común de la Humanidad con un ejemplo magnífico y estimulante.


"La mayor rebelión del hombre"

"La religión es la mayor rebelión del hombre que no quiere vivir como una bestia, que no se conforma, que no se aquieta si no trata y conoce al Creador: el estudio de la religión es una necesidad fundamental. Un hombre que carezca de formación religiosa no está completamente formado (...)" (Josemaría Escrivá). No es exageración, pues sin Dios el hombre no es más que un pez o - si se prefiere - un simio ilustrado, que viene de la nada y a la nada vuelve.

Por fortuna, la realidad no es así. El hombre ha sido creado «a imagen y semejanza de Dios», que es Amor, y quiere infinitamente que participemos de su felicidad infinita. Si "aconfesionalidad" del Estado quiere decir "neutralidad", que "le da igual" que los ciudadanos sean una cosa u otra, con tal de nutrirse de ellos, entonces el Estado es lo más parecido al famoso Leviatán: una amenaza para creyentes y para no creyentes.

Los creyentes debemos, obviamente, movernos dentro de las leyes justas y por ello defender el derecho a la educación religiosa y cumplir el deber de impartirla a nuestros hijos; así como procurar, por todos los medios legítimos, que nos gobierne gente que no sea esquizofrénica: que no piense una cosa mientras dice o hace la contraria; que tenga siempre en cuenta la realidad -muy comprensible, muy demostrable y muy demostrada- de la existencia de Dios, de quien procede todo poder en el cielo y en la tierra, o al menos la posibilidad de que exista. Y los no creyentes deben reconocer que no serían neutrales, ni tolerantes, ni demócratas, si de alguna forma negaran este derecho-deber que el creyente tiene por sí mismo.

Hemos dicho que sin el reconocimiento de Dios no ha sido ni parece posible fundar sólidamente valor alguno, aunque se siga intentando, porque la naturaleza humana no puede vivir sin ley moral, porque ella misma –la naturaleza- es ley. Por eso, no sólo en la práctica, las personas que niegan la existencia de Dios pueden vivir sometidos a normas éticas incluso férreas. Muchos cultivan algunos valores humanos espléndidos. Me gustaría insistir en esto. Está a la vista. Pero a menudo bastantes se deslizan por la pendiente del fanatismo, se sienten inclinados a enarbolar la bandera de una enésima "nueva moral" y tratan de imponerla a los demás, a toda cosa. Es el caso, ahora de la llamada moral laica, o ética civil, supuestamente no religiosa.

La ética laicista, intolerante y represiva

Christian Chabanis, se refería a la vieja cuestión de la moral sin Dios, así como al reto que presenta un mundo donde el sentido moral parece haberse esfumado. Chabanis, como es lógico, insiste en que sin referencia a Dios es imposible mantener el verdadero sentido moral. Pero opina que no es exacto decir que "hoy no hay moral". No le falta razón, porque es cierto que el ateísmo es capaz de generar una cierta moral, en la misma medida en que genera una "religión", o, si se prefiere, una "pseudo-religión", ya que, en fin de cuentas es una manera de "ligarse" o "atarse" a ciertas coordenadas o pautas de conducta, con sus dogmas, con sus preceptos férreos y hasta con sus inquisidores implacables.

"Hoy -dice Chabanis- existe una moral terrible, una moral violenta, una moral que condena por ejemplo la virginidad y a la mujer que en una situación difícil conserva a su hijo negándose a abortar". Una moral que ridiculiza a las madres de familia numerosa. Una moral de inquisidores/as refinadísimos/as, que acaso podríamos denominar "posmodernos/as", organizadores/as de un auténtico terrorismo psicológico, capaces de descalificar -por qué no- al mismo Papa de Roma, si se atreve a predicar la moral evangélica.

El inquisidor posmoderno es permisivo e implacable a la vez. Es tolerante en un sentido que considera absoluto, pero no tolera que se le lleve la contraria. Todo lo tolera en sí mismo, pero no tolera nada que pueda incomodarle un poco. Se declara de talante liberal y demócrata, pero ay de aquél que se permita opinar de modo contrario a su entender. La respuesta será no una razón o argumento, sino una descalificación y quizá un insulto. Lo he visto en gentes «muy bien educadas».

Cierto día de una época afortunadamente pretérita soporté un telediario entero. Todos los personajes que aparecían en la pequeña pantalla decían cosas horribles de los demás, pero ninguno, ni uno sólo esgrimía una razón. Llamaba ignorante al oponente, pero no daba razón alguna de su epíteto. Alguien decía: "este señor ignora la Constitución", pero no señalaba ni de lejos cuál era el punto vulnerado ni cuál sería la postura acertada. Y así con todo.


Independencia y libertad

El ateismo-tolerante-permisivo-neutral es peligroso. Su error estriba no tanto en su estimación de la independencia como en su desprecio de la íntima libertad personal ajena. En el fondo, confunde dos conceptos tan distintos como "independencia" y "libertad". Afortunadamente, la libertad no equivale a independencia. Baste considerar que la libertad existe, y la independencia no. La gente normal lo suele distinguir. La prueba es que cuando sale un periódico que se llama "El independiente", enseguida se pregunta: "¿de quién depende «El Independiente»?". Y acierta al menos en que todo independiente depende de alguien que, desde luego, no es neutral. Quizá sólo le importe el dinero, pero esto ya es un poderoso condicionante.

El hombre es criatura, y no podría dejar de serlo sino volviendo a la nada (cosa que tampoco sería posible sin Dios). La dependencia respecto a Dios es cosa que jamás podrá suprimirse. Sólo Dios es Dios. Por eso, la vida humana tiene una dimensión sin la cual no podría existir: la dimensión moral, que resulta de la relación de mi conducta actual con el «fin final» -eterno- al que estoy llamado. ¿Tiene derecho el hombre a gobernarse y a gobernar como si Dios no existiese? ¿Qué diría el gobernante discípulo de Grocio, si su hijo se pusiera a gobernar su casa, la del gobernante, como si él (el gobernante) no existiese? ¿Le parecería bien, de buena educación; la juzgaría una conducta laudable, merecedora de aplauso, respetuosa con la familia y con la sociedad, progresiva? El rey Segismundo Augusto de Polonia se negaba a admitir el principio cuius regio, eius religio (si tal era la religión del rey, tal había de ser la religión de los súbditos): "¿soy acaso rey de las conciencias de mis súbditos?", se preguntaba, con razón. El rey, o quienquiera que sea el que gobierne, no tiene derecho a imponer su religión, pero tampoco su "no-religión", ni su teísmo ni su ateísmo. Se encuentra en una situación realmente difícil; no es nada fácil ser gobernante, porque tampoco el gobernante puede ser neutral. No es que "no se deba" serlo, sucede que es imposible que lo sea. En cuestiones morales se puede ser ignorante, pero no se puede ser neutral, a no ser que fuera posible renunciar al pensamiento, es decir, que se pudiera presentar la dimisión del ámbito racional y del discurso lógico.

Yo puedo decir: de esto no sé, por tanto no opino, reconozco mi ignorancia. Lo que no puedo hacer es decir: veo lo que es bueno y vital para la sociedad, pero me lo callo para no molestar a los que opinan lo contrario. También cabe decir: veo, pero no lo bastante bien para juzgar si esto es un círculo o un cuadrado. Bien, pero entonces no se meta usted en negocio de círculos y cuadrados. O si usted no sabe si un niño en el seno de su madre es o no persona, por favor, retírese del gobierno de las personas, porque muy bien puede usted acabar siendo, sin darse cuenta, un criminal más peligroso que Al Capone. Lo cual no es de maravillar que pase con mucha frecuencia cuando no es que uno no sepa, sino que "se empeña" en actuar como si Dios no existiese.


Un propuesta digna de consideración

Por eso me parece muy acertado lo que dijo el cardenal Joseph Ratzinger en su última conferencia antes de acceder a la Cátedra de Pedro, al recibir el premio "San Benito por la promoción de la vida y de la familia en Europa" (Subiaco, 1 de abril de 2005). Tras recordar que el Concilio Vaticano II, en la constitución sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, ha subrayado nuevamente la

«profunda correspondencia entre cristianismo e Ilustración, buscando llegar a una verdadera conciliación entre la Iglesia y la modernidad, que es el gran patrimonio que ambas partes deben tutelar», indica el cardenal prefecto que «es necesario que ambas partes reflexionen sobre sí mismas y estén dispuestas a corregirse. El cristianismo debe acordarse siempre de que es la religión del «lógos». Es fe en el «Creator Spiritus», en el Espíritu creador, del que procede todo lo que existe. Ésta debería ser precisamente hoy su fuerza filosófica, pues el problema estriba en si el mundo proviene de lo irracional --y si la razón no es más que un subproducto, quizás incluso dañino, de su desarrollo-- o si el mundo proviene de la razón --y es consiguientemente su criterio y su meta--. La fe cristiana se inclina por esta segunda tesis, teniendo así, desde el punto de vista puramente filosófico, realmente buenas cartas por jugar, a pesar de que muchos hoy sólo consideran la primera tesis como la moderna y racional por antonomasia. Sin embargo, una razón surgida de lo irracional, y que es, en último término, ella misma irracional, no constituye una solución para nuestros problemas. Solamente la razón creadora, y que se ha manifestado en el Dios crucificado como amor, puede verdaderamente mostrarnos el camino. En el diálogo tan necesario entre laicos y católicos, los cristianos debemos estar muy atentos para mantenernos fieles a esta línea de fondo: a vivir una fe que proviene del «lógos», de la razón creadora, y que, por tanto, está también abierta a todo lo que es verdaderamente racional.»

Llegado a este punto, Ratzinger formula una muy interesante propuesta:

«Quisiera, en mi calidad de creyente, hacer una propuesta a los laicos. En la época de la Ilustración se ha intentado entender y definir las normas morales esenciales diciendo que serían válidas etsi Deus non daretur, incluso en el caso de que Dios no existiera. En la contraposición de las confesiones y en la crisis remota de la imagen de Dios, se intentaron mantener los valores esenciales de la moral por encima de las contradicciones y buscar una evidencia que los hiciese independientes de las múltiples divisiones e incertezas de las diferentes filosofías y confesiones. De este modo, se quisieron asegurar los fundamentos de la convivencia y, más en general, los fundamentos de la humanidad. En aquel entonces, pareció que era posible, pues las grandes convicciones de fondo surgidas del cristianismo en gran parte resistían y parecían innegables. Pero ahora ya no es así. La búsqueda de una certeza tranquilizadora, que nadie pueda contestar independientemente de de todas las diferencias, ha fallado. Ni siquiera el esfuerzo, realmente grandioso, de Kant ha sido capaz de crear la necesaria certeza compartida. Kant había negado que se pudiera conocer a Dios en el ámbito de la razón pura, pero al mismo tiempo había representado a Dios, a la libertad y a la inmortalidad como postulados de la razón práctica, sin la cual, coherentemente, para él no era posible la acción moral. La situación actual del mundo, ¿no nos hace pensar quizás que podría tener razón de nuevo? Lo digo con otras palabras: el intento, llevado hasta el extremo, de plasmar las cosas humanas menospreciando completamente a Dios nos lleva cada vez más a los límites del abismo, al encerramiento total del hombre. Deberíamos, entonces, dar la vuelta al axioma de los ilustrados y decir: incluso quien no logra encontrar el camino de la aceptación de Dios debería de todas formas buscar vivir y dirigir su vida veluti si Deus daretur, como si Dios existiese. Este es el consejo que daba Pascal a sus amigos no creyentes; es el consejo que quisiéramos dar también hoy a nuestros amigos que no creen. De este modo nadie queda limitado en su libertad, y nuestra vida encuentra un sostén y un criterio del que tiene necesidad urgente.»
¿Cómo llevar a cabo un programa semejante? Esto es otra historia. Lo que parece claro es la necesidad de no admitir la ley del embudo, reconocer que no todo da igual y que cada cual defienda lealmente sus derechos cumpliendo sus deberes.

Por Antonio Orozco-Delclós

04 diciembre 2007

LA FRUSTRACIÓN DE JESÚS EN NAVIDAD

Ya estamos en el siglo XXI y esto trae consigo muchos cambios la vida de cada uno de nosotros, en primer lugar la información está a nuestro alcance de forma muy expedita, prendemos la TV, ingresamos a Internet, escuchamos la radio, leemos el diario y nos enteramos de lo que ocurre en todo el mundo, pero ¿Qué es lo que ocurre? muertes, guerras, catástrofes naturales, terrorismo, ¿esto es señal del fin de los tiempos?, no lo creo, estas cosas siempre han ocurrido en la humanidad y durante todo el paso de la historia, la diferencia es que en la actualidad nos enteramos con facilidad de lo que ocurre en otras latitudes.





Otra cosas que cambia en el siglo XXI es el concepto de felicidad y esto es producto a la globalización y por supuesto a la influencia de los medios de comunicación, quienes a diario nos invaden, sin ni siquiera preguntarnos y peor aún sin que seamos concientes de aquello, solo basta con ver algún anuncio publicitario poniendo atención a lo que nos ofrecen, particularmente en estas fechas próximas a Navidad, en donde se nos ofrece muchas cosas, algunas de ellas son: créditos, que compremos regalos, que compartamos al lado de un árbol de navidad, que mientras más cosas compremos seremos mejores y más grandes personas. Es más, ellos juegan con nuestra emotividad en sus comerciales mostrándonos niños, familias felices, cenas familiares y todo junto a unos duendes verdes y un viejo con barba y más aún de ropa roja, pero ¿Qué es eso?, ¿eso es la Navidad?, peor aún ellos nos dicen “NO OLVIDES EL SENTIDO”, pero ¿a que sentido se estarán refiriendo?, ¿acaso será al sentido del endeudamiento, incluso más allá de nuestra capacidad?, en realidad no lo se, pero a cada instante me estoy cuestionando todo esto a pesar de la belleza de sus spot los cuales me cautivan con tanta ternura, pero no veo por ningún lado a Jesús, ni a su madre María que esperaba que naciera su Hijo que fue obra del Espíritu Santo.





Jesús ya nacerá, pero yo tenia entendido que nació hace más de 2000 años, y ¿por que tanta parafernalia este 24 de Diciembre en la noche?, ¿será realmente una Noche Buena?, no estoy seguro de eso, pues Jesús nació pobre en Belén, junto a la pobreza de María y de José, en esa noche fría no había un árbol con luces a su lado, no había bicicletas, tarjetas de crédito y menos aún gente sufriendo por que esta endeudada hasta no poder pagar, en ese instante del nacimiento solo había paz y amor y el nacimiento que nos traería nuestra Salvación.





¿Cuál será la mirada de Jesús al mundo de hoy en esta Navidad? seguro será pura frustración al ver tantas enemistades, personas sin libertad como en Cuba, personas secuestradas como ocurre en Colombia, ideologías que siguen matando a quienes piensan distinto, si Jesús viera como el capitalismo sigue explotando a las personas, como se adueñan del progreso a costa del sudor de las personas más pobres económicamente. Si Jesús viera como se abusa a diario de la Naturaleza construyendo celulosas, minas o hidroelectricas como ocurrirá en Neltume. Si Jesús viera el terrorismo en medio Oriente. Si Jesús viera la división de los cristianos a los cuales el llamo a que fueran uno como Él es uno con el Padre. Si Jesús viera que para educarnos tenemos que pagar sumas inalcanzables para nosotros y nuestras familias. Si Jesús te viera a ti o a mí, y se diera cuenta de cómo nos dejamos influenciar por los medios de comunicación los cuales nos dicen que para ser felices tenemos que tener más vienes materiales, seguramente él se frustraría completamente, no sabría que decir, pues su Palabra es tan sabia y clara que no la queremos tomar como tal.





Nosotros somos responsables de la frustración de Jesús pues no reconocemos nuestras dejaciones, nuestra falta de compromiso y no reconocemos nuestras responsabilidades.





No reconocemos la culpa, la ilusión de inocencia, no me justifica ni me salva, porque la ofuscación de la conciencia, la incapacidad de reconocer en mí el mal en cuanto tal, es culpa mía. Si Dios no existe, entonces tengo que refugiarme en estas mentiras, porque no hay nadie que pueda perdonarme, nadie que sea el verdadero criterio. En cambio el encuentro con Dios despierta mi conciencia para que esta ya no me ofrezca más una autojustificacion ni sea un simple reflejo de mí mismo, no de los contemporáneos que me condicionan, sino que se trasforme en capacidad para escuchar el Bien mismo. Si escuchamos el Bien mismo que viene de Cristo y lo dejamos nacer no solo en mi, sino que además en nuestros prójimos seguro ya no será una frustración para Jesús, sino que será gozo tanto para Él y para nosotros en esta Navidad del año 2007.

01 diciembre 2007

Misa enla UST


En Una Misa en La Ust, elcoro estubo bien jeje, saludos...

 
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